Cuando conocí a Juan ambos éramos presa de lo cotidiano, yo siempre sentado en el mismo asiento del metro, línea nueve de Madrid y él subiendo siempre en Príncipe de Vergara.
Supe su nombre un día cuando se olvidó cambiarse, y así en un membrete tuve la excusa para no preguntarle.
Lo interesante de este hombre, era su pasión con la que miraba al vacío negro de la ventana, siempre imaginando, - ¿en qué pensará este hombre? me preguntaba, y no era hasta subir ella, joven hermosa, con su piel cobre que despierta la vista, puntual, siempre a la misma hora, acomodaba su cuerpo en la silla, como las estatuas de los museos, sacaba el libro y se ponía a leer.
A Juan le encantaba, dolía ver como la veía, él dos asientos atrás de ella, veía desde la ventana cuando entraba, le saltaban los ojos, y como a poca gente le sucede se podía ver lo feliz que le ponía verla entrar.
Siempre desde lejos a través del reflejo, la veía e imaginaba. Yo desde atrás me divertía imaginando lo que este hombre podría estar pensando, aunque estoy seguro que ambos pensábamos en un mismo sujeto con distintos predicados.
Para ser completamente ciertos, yo nunca supe en realidad el nombre de ella, me dí el lujo de bautizarla mientras escribo esto, pero que mejor nombre que María a esta historia tan cotidiana y común.
Tal ves se hayan conocido, no lo sé. Ahora que estoy lejos me encanta pensar que hubo un momento en el que ella cambió la rutina y se sentó a su lado, con la excusa perfecta de que el vagón estaba lleno; o que Juan venza su timidez y se haya acercado. No lo sé, hay días que quisiera llegar y subir al metro a las 20:30 h así esperar y verlos juntos y besarse, Ya que de tanto jugar al solitario llega un momento que aburre.