Por suerte siempre tuve los cojones bien puestos, sin miedo alguno eché las cartas en juego y salí ganando una experiencia inolvidable.
De verdes mañanas, besarle la frente, abrazarla sentirla y regalar sonrisas de alegría. Saber que ese sentimiento de que nos conocíamos de antes era verdad, demostrar a la adversidad que era posible sentirse así en tan poco tiempo.
Una semana de preguntas, de como te ha ido, de comidas, y amor, suave, desaforado, gentil, conectando lo que en palabras tal vez no estábamos mintiendo y en gemidos y abrazos se desmienten.
Una semana inolvidable, que deja atrás toda incertidumbre y de a poco mantiene una luz encendida a un futuro prometedor.
Pero a seguir siendo valientes, no dejar que esa voz de y si tal vez gane el momento. Ser valiente por algo que ha demostrado valer la pena.
Ser invencible y después morir.