martes, 21 de marzo de 2017

El hombre que dibujaba mujeres

Es gracioso encontrar gente con tus mismas costumbres y fantasías, como de manera aislada y siendo criados en distintas circunstancias exista gente que haga lo mismo que uno.

Hoy en el metro tras unos minutos en silencio vi como un hombre dibujaba a una mujer en una libreta similar a ésta donde comienzo esta historia.

Ella, mi acompañante, en un momento de de sinceridad; tal vez leyendo mi expresión o a lo mejor lee la mente o simplemente decía la verdad; con esa voz dulce que la caracteriza dijo:

  • Pasaría horas sentada en el metro, llegar, sentarme y observar a la gente; y de observarlas poco a poco en cada gesto que realizan hilar historias de su cotidiano, pensar que son felices, que forman parte de un universo de posibilidades que traen a esto, este momento, mientras poco a poco planean el siguiente paso.

Es gracioso, le dije. Cada vez que subo al metro hago exactamente lo mismo. Es más, ¿sabes por qué vivo donde vivo?, con esas ventanas tan grandes que dan a una calle tan poblada, porque siempre doy unos minutos a la vida mientras hago exactamente lo mismo. Observar y crear ese universo paralelo de situaciones que lo más probable simplemente sucedan en el universo creado en mi mente en ese momento. Y sonreí.

  • Mira, toma por ejemplo a ese señor. Bordeando los sesenta años, mira la expresión tan hermosa que toma cada vez que lleva el bolígrafo a la hoja, dibuja en cada trazo a esa mujer que está a sólo 3 metros de distancia, parada, esbelta, con una mirada de lucha, con las manos tan llenas de trabajo y un perfil con el cual no sería miss mundo, pero si enamorar a unos cuantos.

Era cierto, me encantaba el momento, el hombre tenía minutos o tal vez menos para terminar el dibujo, pero gozaba cada instante y de cada trazo, en mi mente seguía pensando en ella, mi acompañante.
  • Te imaginas que se la entregue. Respondió ella sonriendo, sería algo muy bonito. Aunque no sé si tenga el tiempo suficiente para terminarla.

  • No es el tiempo el que le importa créeme, es el gusto de hacerlo, el momento éste en el que solamente existen ella y él desapareciendo todos los presentes de este vagón. Es ese momento en el que solamente estás tú y tu musa y así eres feliz.
  • Que cosas dices, siempre en la luna. Siempre con esas palabras, siempre.

No dije nada más, el metro paró, la mujer esbelta cerca de la puerta salió con un paso único, fue la estrella del momento aunque no tenía idea de eso. El hombre se dedicó a su trabajo, últimos trazos a una película que ganaría un Oscar a mejor toma, mientras estos dos espectadores lamentábamos que haya durado tan poco.

Ella mi acompañante cambió de vista, y en ese instante, ella no sabía que comenzaba a ser la estrella de una nueva película. Otro hombre a su lado estaba perdido en sus ojos, imaginando las historias que había vivido, tratando de entender lo hermoso de lo oscuro de su mirada, el por que de esa sonrisa tan libre. Si, en ese momento yo la dibujaba en mi propio cuaderno, para que sea la estrella del momento, una estrella íntima que hoy es presa de este cuento.

Porque la vida es tan corta y momentos así son aún más. La inspiración te presta palabras y musas y hacerlas historias es cuestión de observar, sentarse y observar.

Así como me pierdo en su mirada, así como mañana escribiré sobre otra historia en ese momento sólo existía ella y ese que hoy la escribe.

Salimos después del metro y ella volvió a ser ella y yo el mismo en la luna, el mismo que esperaba escribir otra vez, saqué del bolsillo la libreta y me puse a escribir.


domingo, 5 de marzo de 2017

Alma e Irene

Dentro del jardín de la vida y los caminos que me deja esta; encontré dos personas muy importantes, debo decir que hoy son mis favoritas.

Mujeres geniales que me alegran con una risa, marcan diferencia en días grises y de sus morros rojos son las letras que inspiran mis últimos cuentos.

Mantener una conversación seria con ellas es imposible, sólo faltan unos segundos para que alguno nos salga una broma o una mueca y silenciemos el mundo con nuestras carcajadas.

Alma e Irene son las mujeres que no pueden faltar en el menú del día de cualquier hombre. Las quiero y admiro, haciendo mi misión últimamente el cuidarlas como se lo merecen, lo primero en mis días y lo último en mis pensamientos.