Es gracioso encontrar gente
con tus mismas costumbres y fantasías, como de manera aislada y
siendo criados en distintas circunstancias exista gente que haga lo
mismo que uno.
Hoy en el metro tras unos
minutos en silencio vi como un hombre dibujaba a una mujer en una
libreta similar a ésta donde comienzo esta historia.
Ella, mi acompañante, en un
momento de de sinceridad; tal vez leyendo mi expresión o a lo mejor
lee la mente o simplemente decía la verdad; con esa voz dulce que la
caracteriza dijo:
- Pasaría horas sentada en el metro, llegar, sentarme y observar a la gente; y de observarlas poco a poco en cada gesto que realizan hilar historias de su cotidiano, pensar que son felices, que forman parte de un universo de posibilidades que traen a esto, este momento, mientras poco a poco planean el siguiente paso.
Es gracioso, le dije. Cada vez
que subo al metro hago exactamente lo mismo. Es más, ¿sabes por qué
vivo donde vivo?, con esas ventanas tan grandes que dan a una calle
tan poblada, porque siempre doy unos minutos a la vida mientras hago
exactamente lo mismo. Observar y crear ese universo paralelo de
situaciones que lo más probable simplemente sucedan en el universo
creado en mi mente en ese momento. Y sonreí.
- Mira, toma por ejemplo a ese señor. Bordeando los sesenta años, mira la expresión tan hermosa que toma cada vez que lleva el bolígrafo a la hoja, dibuja en cada trazo a esa mujer que está a sólo 3 metros de distancia, parada, esbelta, con una mirada de lucha, con las manos tan llenas de trabajo y un perfil con el cual no sería miss mundo, pero si enamorar a unos cuantos.
Era cierto, me encantaba el
momento, el hombre tenía minutos o tal vez menos para terminar el
dibujo, pero gozaba cada instante y de cada trazo, en mi mente seguía
pensando en ella, mi acompañante.
- Te imaginas que se la entregue. Respondió ella sonriendo, sería algo muy bonito. Aunque no sé si tenga el tiempo suficiente para terminarla.
- No es el tiempo el que le importa créeme, es el gusto de hacerlo, el momento éste en el que solamente existen ella y él desapareciendo todos los presentes de este vagón. Es ese momento en el que solamente estás tú y tu musa y así eres feliz.
- Que cosas dices, siempre en la luna. Siempre con esas palabras, siempre.
No dije nada más, el metro
paró, la mujer esbelta cerca de la puerta salió con un paso único,
fue la estrella del momento aunque no tenía idea de eso. El hombre
se dedicó a su trabajo, últimos trazos a una película que ganaría
un Oscar a mejor toma, mientras estos dos espectadores lamentábamos
que haya durado tan poco.
Ella mi acompañante cambió
de vista, y en ese instante, ella no sabía que comenzaba a ser la
estrella de una nueva película. Otro hombre a su lado estaba perdido
en sus ojos, imaginando las historias que había vivido, tratando de
entender lo hermoso de lo oscuro de su mirada, el por que de esa
sonrisa tan libre. Si, en ese momento yo la dibujaba en mi propio
cuaderno, para que sea la estrella del momento, una estrella íntima
que hoy es presa de este cuento.
Porque la vida es tan corta y
momentos así son aún más. La inspiración te presta palabras y
musas y hacerlas historias es cuestión de observar, sentarse y
observar.
Así como me pierdo en su
mirada, así como mañana escribiré sobre otra historia en ese
momento sólo existía ella y ese que hoy la escribe.
Salimos después del metro y
ella volvió a ser ella y yo el mismo en la luna, el mismo que
esperaba escribir otra vez, saqué del bolsillo la libreta y me puse
a escribir.
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